Life is good.
But, sometimes it kicks you in the liver when less expected…
Life is good.
But, sometimes it kicks you in the liver when less expected…
En un mundo donde las calles son de papel, las plazas son de papel y hasta el cielo es de papel, no hay mucha suciedad.
Iridio siempre ha soñado con ser escritor. Desde que puso por primera vez un pié en este empapelado universo, sintió que un destino más fuerte que el poder de la rutina tiraba de él, y comprendió casi de inmediato, que jamás podría liberarse de este mundo hasta que no comenzara a escribir.
Aún así, a pesar de tan absoluta revelación, no tenía la más remota idea de lo que significaba ser un escritor, y los años pasaron e Iridio se convirtió en un relativamente exitoso papel humano.
Día a día asistía sin falta a la única fábrica de la ciudad, la fábrica de papel, y cumplía cabal e intachablemente sus 15 horas laborales, correspondientes a la mitad exacta de un día. Había logrado adquirir una modesta casa en las afueras de papel-ciudad, con todo y representación de cocina y baño, aditamentos que realmente nunca llegó a comprender, pero que aportaban estatus automático al agregarse a la vivienda.
Además tenía un pacan, un gracioso animalillo que fungía como mejor amigo y confidente.
Su vida iba bien, era exitoso en la fábrica y tenía todo lo que alguien como él podría tener, hasta que un día al entrar por error en la oficina equivocada, descubrió una máquina de escribir. A partir de ese momento, día tras día aprendió poco a poco y a escondidas, lo que era escribir, y obsesionado con esta actividad, decidió llevarse la máquina con él. Destrozó su casa en busca de materia prima para escribir, y comenzó poco a poco a desmantelar la ciudad para poder seguir escribiendo. Se robó postes y aceras, destrozó su cocina, en fin, usó y usó papel, hasta que un día de tanto pelar las capas del piso, descubrió que ya no había más papel sino tierra…
Y entonces, una nueva idea y preocupación se formó en su mente: ¿el mundo no era de papel?
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La sala de su casa ya no existe, sólo queda un manchón marrón de esa sustancia polvorienta y extraña que no le sirve para absolutamente nada. Escribe y escribe sin parar, mientras contempla preocupado cómo la tierra pareciera tener vida propia, y pronto las escaleras se quedan sin barandas, la cama sin sábanas y luego sin colchón, y el baño sin lavamanos.
En una esquina de la casa, montones y montones de palabras se acumulan sin ton ni son, y su pacan observa con recelo cómo cada día Iridio agrega más y más palabras, mientras la casa cada vez desaparece más.
El manchón que antes abarcaba una pequeña porción del suelo, ahora ocupa la sala, la cocina y la chochera, que carece de utilidad desde que desmontó el auto para usarlo como materia prima. Los vecinos preocupados se asoman furtivamente a las ventanas, a ver si pueden descubrir qué locura nueva hace Iridio, y ven con horror cómo el suelo le dio paso a un enorme parche marrón, que por extrañas circunstancias que ni el propio Iridio comprende, ha comenzado a tornarse verde.
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Sólo por curiosidad, una tarde en la que ya no quedaba más que la estructura básica de la casa, Iridio decide que ya que también él es de papel, podría probar una escamita de su brazo. Con cuidado y temor, levantó poco a poco el pedacito de papel, y casi se desmaya al ver que, sin sentir dolor alguno, debajo había una superficie suave y rosada, que al tocarla le dio un sinfín de nuevas sensaciones.
A pesar de los ladridos de protesta del pacan, y sin saber muy bien si lo que hacía era correcto, tomó al animalito en brazos y con mucho cuidado le retiró un pedacito de su lomo. ¡Qué gran sorpresa al ver que debajo era peludo y gris!
Con delicadeza tocó el espacio sin papel del pacán y se llevó un susto cuando el animalito exaltado, brincó y ladró por toda la casa, mirando a todas partes.
Los días pasaron y las palabras quedaron en segundo plano. La mente de Iridio sólo podía pensar en una cosa: quitarse el papel que lo recubría para ver qué había debajo.
Intentó averiguar en diferentes lugares si hacer eso sería posible, y todos en la fábrica terminaron por tildarlo de loco. Su supervisor lo llamó a conversar, y le manifestó su preocupación y la necesidad de que Iridio volviera a ser el mismo y desechara todas esas ideas extrañas que hoy poblaban su mente.
Iridio angustiado le mostró al supervisor su brazo y su descubrimiento: “no hay dolor, sólo puedo sentir más”.
Horrorizado, el supervisor gritó “¡te estás destruyendo a ti mismo!” y sin más dilación, lo mandó a casa. “No podemos aceptar este tipo de comportamientos aquí, lo siento”.
Triste e incomprendido, Iridio recogió sus pertenencias ante la mirada atónita de sus compañeros de trabajo, y se disponía a salir cuando un individuo, igual a los demás, se le acercó y le susurró “no eres el primero que ha hecho esto, fuera de esta ciudad hay un mundo de verdad”.
Sorprendido, Iridio buscó a aquel que le había hecho tan grave revelación sin éxito alguno, y finalmente, abandonó la fábrica.
Una vez en la calle, por primera vez desde su nacimiento, tomó conciencia de su entorno, y se dio cuenta de que la ciudad estaba rodeada por un gran muro de papel, que casi tocaba el cielo. Con grave resolución se acercó a uno de los muros, pegó una oreja y escuchó… si había un mundo más grande afuera, probablemente lo escucharía.
Pasó el tiempo y nada, pasaron las horas, y nada. A punto ya de subsistir, de pronto su corazón dio un vuelco: escuchaba voces, aves y música. Claro, él no sabía qué eran las aves ni la música, pero debió considerarlo algo bueno, pues su corazón se aceleró al máximo y una gran alegría se apoderó de él: ¡sí había un mundo más allá de los muros de papel!
Corriendo siguió el muro hasta encontrar una puerta, grieta o algo que le permitiera pasar, o al menos ver qué había afuera, y por fortuna la encontró, lo suficientemente grande como para poder pasar, y lo suficientemente pequeña para que no se notara.
Asomó la cabeza con cuidado y sus ojos no pudieron creer lo que veían: afuera, habían puros individuos de piel rosada, el suelo y las paredes, o como llamaran a esas formaciones eran verdes, y al mirar hacia arriba descubrió asombrado, que el cielo estaba mucho más arriba que en su ciudad, era azul, tenía unas manchas blancas y una gran esfera amarilla, mucho más grande que la esfera que prendían y apagaban a diario en su ciudad para marcar el cambio de horarios.
Hecho un revoltijo de ideas, sentimientos y sensaciones volvió a casa y no salió de ella en varios días. De nuevo volvió a prestarle atención a sus palabras del rincón, y al leerlas descubrió que ya no tenían sentido, que le parecían vacías y tontas en comparación con lo que había visto, y que en conclusión, su labor he escritor no servía para nada.
Su pacan le había tomado cariño al parche verde que ahora cubría el suelo, y que con el pasar de los días había crecido en pequeñas formaciones individuales. Jugaba, corría, se revolcaba y dormía allí, lo que terminó por arruinar el blanco inmaculado de su papel, tornándolo de un color marrón verdoso sucio, e incluso, notó Iridio, quitándole pedazos en las zonas que más contacto tenían con el suelo.
¿Será que podemos vivir sin el papel?, se preguntaba. ¿Será que podemos quitarnos esto y salir al otro mundo más grande y colorido?
Los días pasaron e Iridio en sus cavilaciones llegó a una determinación: estudiaría a los individuos de afuera a través de la grieta, a ver si él podía ser como ellos.
Así, comenzó su estudio. Al principio no entendía mucho las relaciones de colores y tamaños; todos parecían ser distintos, incluso la sustancia rosada que los recubría, a veces era más oscura, y otras veces blanca. De sus cabezas surgía una formación similar a los parches verdes, pero eran amarillos, marrones o negros, parecida a la sustancia de su pacan. En conclusión, se veían coloridos y cálidos, y sorprendentemente, descubrió que se veían felices.
Una crisis mayor se apoderó de él. Toda su vida había sido exitoso dentro del mundo de papel, pero nunca había probado la felicidad. Tras muchos meses de evaluación, una noche llegó a casa frustrado y exhausto de tanto cavilar, y encontró que su pacan ya no era de papel, sino todo “peludo” y gris. Corría alegremente de un lado al otro moviendo su colita, saltando por doquier, y debía admitirlo, se veía exultante de felicidad.
Instantáneamente Iridio se alarmó: ¿moriría su pacan?, ¿cómo pudo suceder esto? Tras una noche en vela, y varios días de observación, comprendió que su pacan lucía más vivo que nunca, pero que, tristemente, ya no podría salir de los muros de su casa, pues sería objeto de atención. Por otra parte, esta certeza de que se podía vivir sin papel le dio nuevos ánimos: ¿podría hacer él lo que hizo su pacan?
Con sumo cuidado, diariamente retiró concienzudamente un pedazo de papel de su cuerpo, con la esperanza de que no le sucediera nada. Arregló todos sus asuntos, para casos de emergencia y recogió sus palabras en el rincón.
Dos meses transcurrieron desde que se quitara el primer papel. Asombrado, todos los días descubría algo nuevo, sensaciones, colores, texturas iguales a las que había visto fuera de los muros. Al cabo de esos dos meses, se sentía encerrado, pero no en su casa, sino en un mundo descolorido, regido por una bombilla, donde todos eran anónimos e iguales.
Finalmente la decisión que había tomado desde el día en que salió de la fábrica se hizo presente. Abandonaría papel-ciudad y se arriesgaría a pasar por la grieta al nuevo mundo.
Sin nada más que su pacán, Iridio lleno de valor salió a las calles. Gritos de horror y pánico se escuchaban por doquier mientras él, sonriente y orgulloso, caminaba decidido hacia la grieta de la pared. Tras un profundo respiro, una mirada a su alrededor y un nudo en su garganta, Iridio cruzó la grieta, y finalmente comenzó a vivir.
–
En papel-ciudad, nadie recuerda por qué, hay una enorme columna redonda que bordea la esquina de una urbanización en los suburbios. La columna llega hasta el cielo, y dicen que si pegas la oreja al muro, podrás escuchar música y palabras recitadas al viento. Aunque claro, nadie realmente sabe qué es la música, y las palabras resultan incomprensibles pues hablan de amor, alegría, felicidad y vida.
April 30th, noon.
The road that laid ahead of me was full of
Rusty dust and gray stones.
Aching in my legs even before the walk, and with a
Vision of my prize, I began my trip.
Everyone took serious notice of my departure, which
Left me with a feeling of uneasiness
That stayed on the back of my head.
On one side of the road
There were marvelous flowers and birds
Having fun in the wind.
Extremely opposite, however, the other side
Laid without a single burst of life.
A magnificent contrast! I thought while walking by.
New sensations came to me once I was able to
Distinguish, far ahead, the silhouette
Of the beloved destination.
Full of emotion and dominated by
Wonder, I began to run.
Off I went overwhelmed by joy.
No one could stop me now, I would
Definitely get to the place of my longing!
Evening was coming, and finally there I was.
Reliving the story I woke up, this time the uneasiness full on my mind.
…and there she comes, miss Mary Malone, with nothing in her pockets, but a hard, chill, cold…
Recuerdo aquellos tiempos en los que podíamos correr libremente por praderas y colinas; definitivamente tiempos mejores.
Éste, el nuevo mundo de los hombres se ha vuelto muy restringido. Sobrevivimos apenas con una dosis diaria de oxígeno que no debemos sobrepasar, so pena de ser multado, y que nos alcanza únicamente para trasladarnos muy lentamente de un lado a otro y pulsar los botones de nuestras consolas de trabajo.
Sí, es un mundo industrial, tecnológico, donde la única imagen que se logra vislumbrar a través de la bruma y el smog es la silueta de millones de chimeneas vomitando sus terribles gases a lo que queda de nuestro preciado aire.
Una era de progreso, sí, en la que tuvimos que eliminar a todos los animales para dejar más aire al hombre, y donde los árboles son todo una rareza confinada en plantas de generación de oxígeno.
Resulta absurdo que a pesar de que la economía se mantiene en pie, nosotros caemos uno por uno totalmente asfixiados, y aún así no es suficiente para que las grandes corporaciones dediquen un par de centavos a intentar crear un ecosistema.
“Muchos millones”, dirían.
Claro, los poderosos cuentan con sistemas extras de ventilación y purificación de aire. ¡Imagínate! Hasta pueden subir escaleras. Y yo que hace décadas extraño mi vieja cama de roble (todo una antiguedad exótica), que yace inhabilitada y llena de polvo en el cuarto de arriba…
Title: Greenpeace | Ask Nestle to give rainforests a break
Link: http://gotaf.socialtwist.com/redirect?l=-620400911280670697821
Comencemos a utilizar nuestra conciencia…
La contaminación de las nubes y el aire se manifiesta en los cielos como un enorme y perezoso gusano que deja tras de sí un camino de baba, basura y desolación.
Dime, ¿eres capaz de amar?
Si el ciclo de la vida del hombre se da por la selección del individuo, la unión y posterior reproducción del mismo, y finalmente la disolución del convenio que en algún momento los metió bajo un mismo techo, ¿quién puede asegurar que es amor lo que explota en el pecho de los inocentes y no la alarma que indica el encuentro con la persona conveniente para la perpetuación de la raza?
Infinita cantidad de endorfinas liberadas al unísono llevan a la conclusión de que ese “alguien” sencillamente provoca una totalmente inesperada y absolutamente fuera de lo común reacción anormal en el organismo.
¿Es el amor un negocio?
Bueno, bien podría serlo. Los estándares que rigen el desenvolvimiento lógico y natural de los seres en el amor están escritos en una innumerable cantidad de libros de coloridas carátulas, apostados en suntuosas torres de bombones y globos, y adornados con las más hermosas y comerciales flores.
También está aquello inexplicable que flota en el aire, como el aroma del más dulce perfume, o como un tubo fluorescente que señala sin motivo alguno a este o aquel como “the one”.
El amor vendría a ser como un misterio providencial. Un anuncio y una indudable certeza que vienen acompañadas de dulces, flores, peluches y caramelos, sólo para culminar unos cuantos años más tarde en la más absoluta discordia y con toda una nueva rama del árbol genealógico.
Se ha visto a lo largo de la historia que la humanidad comprende una serie de normas fundamentales:
1.- Pelear. Siempre, contra quien sea, en el momento en que se halle la oportunidad.
2.- Defender el territorio a capa y espada, así no sea propio. País, provincia, propiedad, es indiferente.
3.- Destrozar ese territorio que tanto defiende. Llenarlo de basura y desechos, y posteriormente buscar anexar nuevos territorios para su degeneración y destrucción. Filosofía de “aquí ya se puso feo, vamos para otro lado”.
4.- Evitar bajo toda circunstancia cualquier medio de convivencia con otro de su misma especie. En el momento en que el hombre deje de tener conflictos con otros, dejará de pertenecer a la raza humana.
5.- Poseer la total convicción de que los males que le ocurren al género humano no provienen de él mismo. Y, así mismo, que dichos males serán eliminados mágicamente.
6.- Vivir intentando fervientemente obstaculizar en la mayor medida posible a otros, pues es ésta la base de la discordia.
El día en que el hombre se canse de ser hombre, habrá paz.
Y las torres seguirán alzándose amenazadoras, como un recuerdo perpetuo de la desdicha que en algún momento impregnó la tierra, y que ha de volver a hacerlo dentro de la espiral de la inevitabilidad.
En un barco zarpaste y las aguas cubrieron tu rostro. ¡No corras más querida mía!, pues siempre estaremos en la línea de partida.
¿Es acaso el hombre más “humano” que hace un siglo?
Realmente no.
Si bien al volver la vista a tiempos inmemoriales las conductas pueden lucir barbáricas y poco civilizadas, ¿cómo lucen aquellas de hoy día en la que una molécula puede acabar con más gente que una partida de vikingos?, ¿cómo luce la guerra, esa misma guerra que en algún momento defendió reinados e imperios y hoy defiende gobiernos, territorios, caprichos y riquezas?
La caña nunca será tan larga como para tocar el fondo, y nunca tan corta como para no tocar el agua.